Es evidente la presencia constante de la
ciencia (como fundamento) y de la tecnología (como aplicación) en la sociedad actual a escala universal, y especialmente en el mundo desarrollado. Prácticamente en todos los ámbitos de la cotidianidad aparece reflejada la ciencia: muy presente la
ciencia de los materiales (polímeros, conductores, óptica,...), la
ciencia médica (bioquímica y farmacéutica), la
tecnología alimentaria (aditivos estabilizantes, conservantes, antioxidantes,...), y por supuesto la
tecnología de las telecomunicaciones. Es ajeno a los profanos el proceso seguido para idear primero, y elaborar después todos estos productos. Simplemente los vemos en las tiendas y los compramos.
En la sociedad actual no son sinónimo de cultura los conocimientos científicos, más bien son los mal llamados "
conocimientos de letras" los que se utilizan como baremo para apreciar lo cultivado de las personas. Nos parece tremendamente inaceptable que una persona con un nivel cultural medio no sepa quienes fueron personajes como
Cervantes, Velázquez, Kant, o
Lorca, y conocer algo de su obra; pero no es necesario saber quienes fueron
Newton, Galileo, Plank, o
Hubble, personas sin cuyas aportaciones el mundo no sería ni parecido a lo que es, o si conocemos sus nombres no tener ni la más remota idea de que hicieron o descubrieron.
Es normal que algunos sectores de la sociedad vean la ciencia como algo inteligible excepto para algunas mentes privilegiadas, cuando no tenía porqué ser así, dándole un aspecto casi sectario, como algo casi mágico que realmente funciona. Es normal que nos engañen continuamente la publicidad y farsantes sin escrúpulos por nuestra ignorancia, y es que desde siempre hemos recibido una educación incompleta de la ciencia. El escepticismo siempre ha sido nuestra gran asignatura pendiente.
Bioalcohol, ácidos grasos, cloroanfenicol, son términos que nos impresionan (sean ciertos o no) precisamente porque no sabemos que son, y la fe ciega que desarrollamos ante la ciencia nos desproteje frente a los farsantes y pseudocientíficos. ¿De qué nos sirve aprender en la escuela las leyes de
Kepler, las propiedades de los
halógenos o la constante de la
fuerza electrostática si después compramos productos milagros que se visten de ciencia, si consumimos productos homeopáticos que es el mayor timo de las
pseudomedicinas, o leemos el horóscopo todas las semanas? Deberíamos estudiar más ciencia aplicada, aunque conlleve algo de detrimento de la teórica, y una visión más escéptica junto con los conocimientos necesarios para desarrollarla. O al menos añadirlos en los planes de estudio como
materia transversal.
Quizás en un futuro las próximas generaciones no lean tantos horóscopos y vean las estrellas como enormes bolas de hidrógeno y helio en fusión nuclear, y los planetas no como puntitos en el cielo, sino como mundos con sus propias características. Quizás conociendo qué son realmente conceptos como
energía o
fármacos conseguirán librarse de la lacra que suponen para la salud productos
homeopáticos o tratamientos inútiles como la
acupuntura. Que los productos naturales no son necesariamente sanos, que la corteza de sauce te puede librar de un dolor de cabeza (aunque sea mucho más rápido y efectivo la aspirina), pero que la cicuta te puede matar. Que una molécula de agua es una molécula de agua, provenga del manantial más puro o del culo de un burro.
Los científicos tienen el deber moral de hacer accesible a todos la formación e información necesaria para entender un mundo cada vez más complejo, porque quedarse de brazos cruzados mientras buena parte de la población es sometida a engaños es tan culpable como el que los comete.
Para más información podéis visitar la página de la
ARP.